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La ciudadanía en la escuela. La construcción ciudadana como un proceso individual y colectivo.

Universidad Nacional De Mar Del Plata

Tipo de Organismo: Universidad

Jurisdicción: Buenos Aires

Distrito: Mar del Plata

Dirección: Diagonal J. B. Alberdi N°2695

Ejes Temáticos:

Nivel Secundario

Modalidad: Presencial

Horas Presenciales: 36 hs.

Horas Virtuales: 0 hs

Destinatarios: Docentes y directivos; equipos técnicos y directivos

“En este curso pretendemos otorgarle a los docentes participantes herramientas conceptuales y metodológicas a los efectos de que logre la participación directa de los alumnos, y éstos descubran la cuestión de las valoraciones éticas y las concomitantes consecuencias de sus opciones en un medio social.
En ese sentido, se analizarán los discursos simbólicos acerca de la construcción de la propia identidad en la situación de la cultura, abordando de ese modo las cuestiones de la diversidad y de la fragmentación. Sobre esa base analítica, se abordará luego la cuestión de la construcción del consenso grupal a través de las estrategias de la cooperación y del enfrentamiento, repasando los dos grandes paradigmas del contractualismo y el conflictivismo sociológicos. Se analizará también el funcionamiento de los valores en tanto fundamento de las normas jurídicas y no jurídicas, y en ese mismo sentido el concepto de anomia y sus consecuencias. Finalmente, intentaremos otorgarle los elementos suficientes a los efectos de poder generar en los alumnos la toma de conciencia acerca la propia condición de ciudadanos. La cuestión de los consensos generales y los intereses sectoriales. Y el proceso de consagración de lo colectivo en público, Con sus consecuencias en el ámbito normativo. Para finalmente relacionar todo ello con el ejercicio de los derechos fundamentales y la importancia de las instituciones para la garantía de ese efectivo ejercicio.
Los conceptos de identidad y diversidad no pueden existir nunca ajenos al escenario de lo colectivo y de lo público. Están ineludiblemente presentes en la vida en relación, y tienen un rango preponderante en lo político, es decir, en la discusión del poder intrínseco en toda convivencia humana. Lo mismo sucede con el fenómeno denominado fragmentación. Todos ellos atienden, en conjunto, a un proceso político y social.
En dicho proceso, el primer paso está dado por el reconocimiento de un individuo o un grupo dentro del marco social. Dicho reconocimiento implica que quienes son reconocidos son oídos en cuanto sus necesidades e intereses, frente a otros individuos o grupos. Puede decirse que, desde un punto de vista político, el individuo o grupo existe desde que es reconocido, ergo, desde que es oída, y en el mejor de los casos atendida su necesidad y/o interés. De este modo, nos acercamos a la identidad.
La misma puede definirse como un conjunto articulado de rasgos específicos de un individuo o de un grupo. Por ejemplo, y respecto a un hombre
O una mujer individualmente considerados; al determinar sus caracteres físicos, su oficio, su rol familiar, su nacionalidad, edad, creencias religiosas. Y en cuanto a un grupo, la misma se puede constituir tomando un rango de edad; un estilo de vestimenta y de música; una elección sexual; un status social; pero también un status político, como por ejemplo el de ciudadanos.
Podemos observar entonces, en que la identidad es bifronte y dialéctica.
Requiere tanto del reconocimiento, es decir, de la relación interpersonal o intergrupal; pero para ello, necesita también de la decisión propia del individuo o del grupo de auto-reconocerse en esa situación con una necesidad o interés propio y con capacidad de acción. Estos elementos necesarios se recogen en autores clásicos como john locke, quien sostuvo “”tan lejos como esta conciencia pueda extenderse hacia atrás a cualquier acción o pensamiento pasado, hasta allí alcanza la identidad esa persona””
Pero además, la identidad está integrada también por un sistema de símbolos y de valores. Sobre ellos se basa el auto-reconocimiento del individuo
Y/o grupo, cobrando mayor jerarquía en el ámbito grupal, en tanto a través de los mismos se constituye la solidez de la cohesión del mismo.
En este sentido, jorge larraín es sumamente claro al explicarnos que la identidad cuenta con tres elementos formales y constitutivos. Dice este autor, que primero el individuo se define a sí mismo, o se identifica con ciertas cualidades y categorías sociales compartidas. Así, al formar sus identidades personales, los individuos conforman determinadas lealtades grupales o características tales como religión, clase, etnia, profesión, sexualidad, nacionalidad, que son culturalmente determinadas y contribuyen a especificar al sujeto. De este modo, sostiene que la cultura es uno de los determinantes de la identidad personal. Esto así porque todas las identidades personales están enraizadas en contextos colectivos culturalmente determinados. Y concluye que cada una de estas categorías compartidas es una identidad cultural. En ese sentido, se anima a afirmar que durante la modernidad las identidades culturales que han tenido mayor influencia en la formación de identidades personales son las identidades de clase y las identidades nacionales.
El segundo elemento que enumera y analiza, es el material. El mismo incluye el cuerpo y otras posesiones capaces de entregar al sujeto elementos vitales de auto-reconocimiento. Nos señala que al producir, poseer, adquirir o modelar cosas materiales los seres humanos proyectamos nuestro sí Mismo.
Dice que nuestras propias cualidades, se ven a su vez en ellas y las vemos de acuerdo a nuestra propia imagen.
Finalmente, nos indica que la construcción del sí Mismo Necesariamente supone la existencia de “”otros”” en un doble sentido. Los otros como aquellos cuyas opiniones acerca de nosotros internalizamos. Pero también como aquellos con respecto a los cuales el sí mismo se diferencia, y adquiere su carácter distintivo y específico.
Conforme el abordaje realizado respecto de la identidad, surge ahora el elemento diversidad. El mismo se manifiesta a través de la existencia de individuos y grupos diferentes con distintas características específicas, y con sus propios intereses; sus propias necesidades y sus particulares sistemas de símbolos y valores. Pero capaces de convivir reconociéndose como diferentes, y de construir consensos que les permitan acceder a la concreción de sus inquietudes y satisfacción de sus necesidades comunes y particulares. Esa convivencia, el consenso y la acción en la diversidad consagran el ámbito de lo público sobre lo meramente colectivo. Pues se genera un espacio ideal y material común, que pertenece a todos los individuos y grupos, más allá de las diferencias ineludiblemente concomitantes que la diversidad supone.
La pluralidad no es, pues, simple alteridad, pero tampoco equivale al mero pluralismo político: la función del ámbito público, nos dice hannah
Arendt3, es iluminar los sucesos humanos al proporcionar un espacio de apariencias, es un espacio de visibilidad en el cual hombres y mujeres pueden ser vistos y oídos y revelar, mediante la palabra y la acción, quienes son. Para ellos la apariencia constituye la realidad, cuya posibilidad depende de una esfera pública en que las cosas salgan de la oscura y cobijada existencia.
De este modo observamos que la diversidad implica no sólo la necesidad de identidades diferentes en convivencia incluidos En ésta el consenso y la acción-, sino que además, en ella lejos de perderse la propia identidad de cada individuo y grupo, ésta se reafirma.
La convivencia y los consensos intrínsecos en la diversidad no implican nunca uniformidad. Intentar esa uniformidad simbólica atenta directamente contra la riqueza que supone el aporte de perspectivas, inquietudes y necesidades diferentes al espacio común que se consagra en público. Esa uniformidad aplasta la diversidad y puede decirse que ha sido, por ejemplo durante los procesos totalitarios que analizamos en el módulo i, la antítesis de la diversidad. Pero en la actualidad, la antítesis de la diversidad no puede sintetizarse sólo en la uniformidad simbólica, sino que también podemos encontrarla en una especie de deformación que la diversidad sufre mediante un proceso de exaltación de las diferencias entre valores, expectativas y necesidades entre individuos y sobre todo entre grupos, mediante el cual se trunca la posibilidad de convivencia entre identidades diferentes en un mismo ámbito, generando de este modo la imposibilidad de la construcción de un consenso y de una acción común; y que denominaremos fragmentación.
Lo público indica entonces, mundo común entendido como comunidad de cosas que nos une, agrupa y separa, pero por intermedio de relaciones que no supongan uniformidad.
La condición indispensable de la política es la irreductible pluralidad que queda expresada en el hecho de que somos alguien y no algo. De esa forma, arendt critica también la desaparición de la esfera pública en las sociedades modernas, en las que la distinción y la diferencia han pasado a ser asunto privado de los individuos, de modo que la conducta ha devenido en substituto de la acción. Desde este punto de vista, nunca actividades privadas manifestadas abiertamente constituyen una esfera pública. Esto es en definitiva lo ocurre mediante el proceso que denominamos fragmentación.
Siguiendo en esta línea, haremos un breve repaso de las corrientes tanto filosóficas y sociológicas que sostienen simbólicamente un discurso de poder y por lo tanto las distinguiremos como teorías políticas. Éstas no se refieren específicamente a la temática del enfrentamiento Y la cooperación En los términos que analizaremos aquí, pero muchas veces en sus sustanciaciones rozan la cuestión que nos ocupa. Entre las mismas podemos distinguir dos grandes vertientes que son el contractualismo y el conflictivismo; y se refieren a los fundamentos del estado -o de la comunidad política-desde la filosofía; desde la sociología, o desde ambas.
En el marco del contractualismo nos encontramos a rousseau como ejemplo más ilustrativo, en tanto su obra El Contrato social Es la que termina por configurar la denominación de este sector doctrinario. Este autor está ubicado entre los referentes del liberalismo clásico cuya literatura, como así también la de john locke y montesquieu, configuraron el ideario que terminó con el absolutismo y consolidó los estados modernos a través de las repúblicas representativas. Este relato, como también hemos visto en el módulo anterior, surge como reacción a una autoridad política fundada en argumentos religiosos y sostiene que el estado se conforma por un contrato entre todos los ciudadanos, los cuales son hombres libres e iguales. Y que luego es esta ciudadanía la que inviste de autoridad al soberano de ese estado, que debe obrar dentro del marco de una constitución
Que ha emanado del pueblo y que es la ley fundamental de esa comunidad política.
El conflictivismo es posterior y surge como reacción a las cuestiones económico-sociales que acaecen luego de las revoluciones industriales, y con la consolidación del capitalismo como sistema económico. El autor que podemos citar entre los más representativos dentro del conflictivismo es karl marx. Aunque existen muchos autores contemporáneos enmarcados en esta corriente doctrinaria, y cabe señalar en ese sentido a pierre bourdieu entre otros.
Por su parte, el conflictivismo se funda justamente en el conflicto de intereses entre clases sociales y/o grupos de interés o de presión en el seno de la sociedad. Estos autores sostienen que en realidad no existen hombres ni tan libres ni tan iguales, sino que conforme las distintas situaciones en las cuales éstos se encuentran enmarcados, arremeten en una lucha tanto simbólica como material, ya sea por los medios de producción, el poder en sentido lato, y/o las estructuras que fundan y sostienen el poder en cada ámbito. Frente a lo expuesto, queda evidenciado el riesgo de una confusión conceptual respecto de la temática del enfrentamiento Y la cooperación; Con la discusión doctrinaria entre el conflictivismo Y el contractualismo. Pero profundizando en la bibliografía tanto de contractualistas como de conflictivistas, podremos observar que para ambos sectores la cooperación entre los seres humanos es una necesidad política ineludible para la construcción de una comunidad, mientras que el enfrentamiento sólo produce su disgregación. Como así también, al analizar la definición del concepto de política, el conflicto es aceptado por ambas corrientes en cuanto a la faz agonal de esa actividad, la cual se refiere a la lucha por el acceso a los órganos formales del estado. Sin embargo, nuestro análisis se relaciona con la capacidad de acción del sujeto ciudadano. De esta manera, nuestra meta es poner al alumno frente a las opciones del enfrentamiento o la cooperación en el marco de un colectivo conformado por individuos y grupos con identidades diferentes, a los efectos de que descubra cuál de esas opciones lo conduce a la creación de un ámbito de pertenencia común, que por pertenecer a todos se configura en público; Ya que es en lo público Donde existe y actúa la ciudadanía.
Por lo expuesto, la cuestión de las opciones del Enfrentamiento o la cooperación Es, definidamente, un asunto de la ética. En razón de ello, consideramos que aristóteles y kant en El marco de los autores clásicos-; y a
Fernando savater y jean paul sartre entre los contemporáneos; nos otorgan las pautas direccionales para el abordaje conceptual de la cuestión. Veremos en el abordaje de la cuestión ética, algunas cuestiones relacionadas a los fundamentos del poder en el seno de una sociedad Y consecuentemente al rol de la ciudadanía- como ya hemos analizado en el módulo i. Sin embargo, desde las perspectivas que desarrollaremos, se pretende develar la importancia de cada relato en la constitución de la identidad individual y además, en los códigos de convivencia grupales que determinan luego las estructuras que influyen sobre el comportamiento individual y colectivo. Nos dice aristóteles, que el hombre sólo es libre cuando elige el bien, en tanto el bien es la elección que nos otorga el acceso a la felicidad. Debemos destacar necesariamente entonces, que la felicidad es para aristóteles aquel estado en el cual el individuo logra desarrollar todas sus potencialidades. La felicidad es un fin en sí, y tiene un fundamento metafísico. En razón de ello, el bien se mide conforme a la motivación y el interés que promueve a la acción debido a que el ser sólo se desarrolla plenamente acorde a su potencialidad, la cual es tributaria de una realidad superior; nos encontramos frente a una ética teleológica. Sobre esa base se funda la obra de tomás de aquino quien explica la existencia del libre albedrío, el cual implica capacidad de elección y un poder Listo para obrar. También reconoce en el hombre la existencia de la voluntad, que necesariamente se presupone no sujeta a ninguna coacción, ni siquiera por parte de la presencia divina. Aunque si bien estar libre de coacción es una condición para la existencia de la voluntad, ello no es suficiente, sino que se debe constar también de intelecto La inteligencia y la razón- como instrumento para el conocimiento del bien, a fin de que éste pueda constituirse en objeto de la voluntad. En consecuencia, el libre albedrío es un poder cognoscitivo. No hay libertad del hombre sin posibilidad de elección Su libre albedrío-. Sin embargo el ejercicio de la libertad no meramente en el hecho de elegir, sino que consiste en elegir lo trascendente. Así el hombre, enfrentado a la instancia de elegir, puede caer en el error; sobre todo, si lo hace exclusivamente por sí mismo, sin auxiliarse con dios. Así para santo tomás, la libertad consiste en la elección del bien, es decir en la elección de dios que es la fuente de toda verdad, otorgando así el acceso a la felicidad aristotélica, en tanto el pleno desarrollo de las potencialidades humanas sólo estará dada en la elección de dios que es su fuente creadora.
Por su parte kant, niega a la metafísica como ciencia6 en tanto en objetos de estudio – libertad, inmortalidad del alma, dios No son materia del conocimiento, no hay ninguna información sensorial sobre la que podamos aplicar las formas de la sensibilidad y del entendimiento; aunque sí podamos pensar en dichos objetos porque la razón busca siempre una causa, y aquellos objetos pertenecerían a una causa última. De esta manera niega que la felicidad sea el argumento válido para la elección del bien. Así, busca un fundamento racional para la ética, de validez universal y necesaria.
Para kant el comportamiento de los entes no racionales se rige por un determinismo de leyes inmutables; mientras que el de los seres racionales lo hace a través de la presentación de principios. La diferencia radica en que los entes racionales poseen voluntad y esta es la Facultad de determinarse uno a sí mismo a obrar conforme a la representación de ciertas leyes. Esos principios que rigen la conducta de los seres racionales se denominan imperativos. Los mismos son hipotéticos, en tanto supeditan su mandato a una condición que constituye el objetivo para el cual el cumplimiento de dicho mandato implica el medio necesario para alcanzarlo. Aunque los mismos carecen de validez universal, ya que sólo actúan sobre quienes tiene vigencia una determinada condición para una meta específica, y terminan configurando un sentido análogo al de un consejo o una mera indicación. Un ejemplo de ello sería: si Quieres conservar la integridad tuya y de tu familia durante un viaje, maneja el auto de manera prudente.
Frente a aquellos, kant nos señala a los imperativos Categóricos.
Éstos no se supeditan a ninguna condición, es decir que son un fin en sí mismos y no un medio para una meta. Y sostiene que si el imperativo es absoluto en tanto consta de validez universal y necesaria, su fuente debe ser la razón. Por ello para este autor, un imperativo categórico es un principio racional, y una manifestación de la ley objetiva de la moralidad, mientras los otros principios por ser subjetivos, configuran meras máximas. Kant lo enuncia al decir obra Solo según aquella máxima que puedas querer que se convierta, al mismo tiempo, en ley universal.
Pero además, estos imperativos categóricos definen lo que él denomina
buena Voluntad. La misma se integra por aquello que en el mundo puede considerarse bueno sin restricción alguna, y la conducta humana se apega a ella sin tomar en consideración ninguna posible consecuencia de ese acatamiento. Por otra parte, la adecuación de la conducta a la ley constituye el deber; Y éste propone a la voluntad como auto-legisladora, en la medida en que solo se somete a una ley dictada por la propia razón, es decir una razón, cuya ley rectora no es impuesta por un ser superior o un elemento exógeno. Y esa es la gran diferencia con la tendencia aristotélica-tomista, en la cual, la regla es impuesta por la ley de dios, que a su vez tiene una institución intérprete en el mundo que es la iglesia.
No debemos olvidar que además, el imperativo no es solo una ley que determina la voluntad; sino que sobre todo es un criterio que permite prever cuáles de nuestras máximas subjetivas constan de una potencialidad de universalidad. En definitiva, cuáles podemos pretender se conviertan en ley universal. Así kant nos ilustra con varios ejemplos, entre los cuales se cuenta el de la falsa promesa, demostrando que tal máxima puede ser universal, debido a que a partir de ella nadie creería en las promesas y éstas perderían su sentido.
Pero quizás una de las máximas con mayor valor de kant, sea la que manda: obra De tal modo que te relaciones con la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin, y nunca solo como un medio.
Para muchos autores, la importancia de esta afirmación radica en que de este modo kant resalta la Condición de persona propia del hombre, derivada de la autonomía de su voluntad y de la dignidad de su carácter de fin en sí que lo diferencia de todo el resto de los entes mundanos que pueden ser usados como meros medios al servicio de la voluntad humana. A ello debemos agregar un dato relevante que hace al desprendimiento del humanismo Con la teología; en tanto para kant, es desde la propia razón autónoma del individuo desde dónde debe surgir el mandato de considerar a su prójimo como un fin y no como un medio; y no desde una imposición externa.
Sobre este desprendimiento del humanismo del relato religioso, jean
Paul sartre -filósofo existencialista- nos desafía con un planteo más profundo al sostener que: …El Hombre es el único que no sólo es tal como él se concibe, sino tal como él se quiere, y como se concibe después de la existencia, como se quiere después de este impulso hacia la existencia; el hombre no es otra cosa que lo que él se hace.
Este es el primer principio del existencialismo. Es también lo que se llama la subjetividad, que se nos echa en cara bajo ese nombre.. De esta manera nos indica la autonomía del hombre a partir de su propia conciencia, pero además, a partir de la acción.
Sartre nos dice que el hombre empieza por existir, es decir, que empieza por ser algo que se lanza hacia un porvenir, y que es consciente de proyectarse hacia el porvenir. Para el filósofo francés, el hombre es ante todo un proyecto que se vive subjetivamente. Aunque ello no implica que el hombre es lo que querrá Ser, En tanto lo que se entiende por querer es una decisión consciente, que para la mayoría de nosotros es posterior a lo que el hombre ha hecho de sí mismo. Y sobre esa afirmación, al igual que santo tomás y kant, reconoce el elemento de la voluntad sosteniendo que: Yo Puedo querer adherirme a un partido, escribir un libro, casarme; todo esto no es más que la manifestación de una elección más original, más espontánea que lo que se llama voluntad. Pero si verdaderamente la existencia precede a la esencia, el hombre es responsable de lo que es () Cuando decimos que el hombre es responsable de sí mismo, no queremos decir que el hombre es responsable de su estricta individualidad, sino que es responsable de todos los hombres.. Para sartre, cuando se sostiene que el hombre se elige, se entiende que cada uno de nosotros se elige, pero también que, al elegirse, elige a todos los hombres. Pero además, que no hay ninguno de nuestros actos que, al crear al hombre que queremos ser, no cree al mismo tiempo una imagen del hombre tal como consideramos que debe ser.
Esto así, en tanto sostiene este autor que en cada elección afirmamos al mismo tiempo el valor de lo que elegimos, porque nunca podemos elegir mal.
Lo que elegimos es siempre el bien, y nada puede ser bueno para nosotros sin serlo para todos. Si, por otra parte, la existencia precede a la esencia y nosotros quisiéramos existir al mismo tiempo que modelamos nuestra imagen, esta imagen es valedera para todos y para nuestra época entera. De esta manera se encuentra una analogía con la potencialidad universalista kantiana respecto de las reglas morales. Pero aún en su afirmación ateísta del existencialismo, sartre no deja fuera el valor de la responsabilidad, ya que conforme sus argumentaciones, cada elección particular compromete a la humanidad entera. Así lo ejemplifica al sostener que Si Soy obrero, y elijo adherirme a un sindicato cristiano en lugar de ser comunista; si por esta adhesión quiero indicar que la resignación es en el fondo la solución que conviene al hombre, que el reino del hombre no está en la tierra, no comprometo solamente mi caso: quiero ser un resignado para todos; en consecuencia, mi proceder ha comprometido a la humanidad entera. () Así soy responsable para mí mismo y para todos, y creo cierta imagen del hombre que yo elijo; eligiéndome, elijo al hombre.”